El tiempo de sede vacante es un tiempo delicado de la historia de la Iglesia, y donde se expresa de modo particular la colegialidad; tiempo en el que la Iglesia entera se pone a rezar con entusiasmo y veneración por el colegio cardenalicio y por el nuevo papa. No es que la Iglesia haya quedado sin cabeza, porque la Cabeza es Cristo. Sino que la Iglesia está a la espera del nuevo vicario de Cristo, de su representante visible. Así lo expresó el mismo Benedicto XVI y se recoge en una carta dirigida por el cardenal Bertone a todos los monasterios de clausura, cuando dice que “la llamada que Su Santidad Benedicto XVI ha dirigido a todos los fieles, de acompañarlo con la oración en el momento de entregar el ministerio petrino en las manos del Señor, y esperar confiados al nuevo Pontífice…” con “… la valiosa aportación de esa fe orante que desde siempre acompaña y sostiene el camino de la Iglesia. El próximo Cónclave se apoyará de modo especial en la límpida pureza de vuestra oración y alabanza”.

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